Cachai Cosquín: mi viaje es un documental

Un paseo de vacaciones cambia tu vida. Hay valor en esos videos que pareces grabar sabiendo que nunca los volverás a ver. Quedan rostros, lugares, y melodías que dejan una huella en ti. Adviertes que estás solo y levantas la voz buscando a alguien. Aparecen diez, cincuenta, cien manos que dicen “presente”. A veces, solo es una.

Desaparece por un rato. Ándate lejos, a donde ninguno de tus amigos estuvo antes. No te engañes y pienses en que alguien irá contigo. Aquel viaje es mejor hacerlo solo. Cuando estés entre la multitud grítale a esa persona ausente, que se entere que llegaste.

Ir a Cosquín Rock era un sueño que estaba condenado a cumplir. Desesperado por juntar dinero, acepté un trabajo como periodista a mil quinientos kilómetros de mi casa. Ciudad ajena, gente nueva, vida desde cero. La primera vez que vi a mi jefe fue para explicarle que, a dos semanas de llegar, había cuatro días en los que no podría contar conmigo. La apuesta fue al todo o nada.

La primera experiencia en Cosquín Rock quedó plasmada en un clip, elaborado con imágenes que registré con el celular, como al mismo tiempo muchas personas lo hacían a mi alrededor. En los tiempos muertos del trabajo aprovechaba el computador para revisar las fotos y videos. Los contemplaba sonriendo y me ilusionaba con un día volver. Un día me vi regresando del trabajo oscuro, seis horas después del final de la jornada laboral común. Sin darme cuenta estaba creando algo importante. Esa gran masa deforme de imágenes y buena música se llamó “Un chileno en Cosquín”.

Aquel video recibió visitas inesperadas en Youtube. Llegó, incluso, a ojos de la producción del festival, que lo habrá visto como el dedicado testimonio de algún fanático que merecía la pena destacar en el canal oficial del evento. El video de las vacaciones se posicionó entonces como una pequeña bestia del underground, compartido en redes sociales por personas que revivían con nostalgia los días del último encuentro nacional.

La popularidad y buena recepción conducían a un solo camino. Aparece el momento de poner alas al proyecto con el que siempre soñaste. Y lo hace justo cuando no tienes dinero, no tienes tiempo, o te resistes ocupando una frase maldita del tipo  “no tengo cómo hacerlo”.

Fuego con fuego. Encontré resguardo en una frase que algún día me enseñó mi padre: “Querer es poder”. Y no es de otra manera. Si hay voluntad, se puede. Siguiendo esa consigna y desde la total independencia nació “Cachai Cosquín”.

Es fruto del trabajo junto a Cristián Escobar Aldea —otro de los tesoros que presentó el viaje—, colega, compañero y amigo. Fuimos alumnos en la misma facultad de comunicaciones por cuatro años, pero tuvimos que coincidir muy lejos para conocernos. En febrero de 2016, equipados con cuatro cámaras subimos a un bus del que no bajamos en diez meses. Huéspedes del hostal pasaron a ser amigos. El pueblo de verano se convirtió en un lugar de sueños. Cruzar la cordillera para ver a mi artista preferido funcionó como un deporte en el que nos hicimos profesionales.

Fue una experiencia extremadamente difícil. Entre dos personas hicimos el trabajo que, en condiciones normales, se reparte un equipo de ocho. No perseguíamos fama. No buscábamos ganar dinero. Presentar el trabajo en algún concurso audiovisual tampoco era el objetivo. Queríamos transmitir un mensaje. Eso siempre fue lo más importante.

Después de estrenar en noviembre de 2016 nuestros caminos se separaron. Nos vimos tres veces desde entonces, y cada vez que pasó, reímos recordando las caras del documental. Imaginamos qué estaría haciendo hoy el tipo que vendía poleras afuera del predio, o aquella madre que participaba del festival para recordar a su hijo fallecido.

No se trata únicamente de música. Hay vidas, historias y momentos que nos hacen sentir como un par de privilegiados que cometieron la saludable torpeza de aceptar un desafío grande. En la pantalla y detrás de ella, confluyen historias de Córdoba, Iquique, Bialet Massé y Santiago. Creamos una fotografía en constante movimiento y cada cierto tiempo los protagonistas vuelven para reclamar su lugar.

Así funcionó el documental, como un testimonio de fanáticos, comerciantes, músicos y periodistas que tienen algo en común. Comparten el amor por la música, en alguna de sus formas y desde responsabilidades diferentes, pero al final condenadas a encontrar sinergia.

 

Guillermo Adrianzen 

 

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Cuando viajamos decimos “voy y vuelvo”. Estamos seguros de que vamos, pero volvemos distintos, cargados de experiencias e historias que nos cambian, que nos determinan el viaje, que nos gustaría contar. En este blog, a través de los relatos, fotografías y videos mostraremos esas instancias que nos marcaron. ¡ Contaremos historias de viajeros que hemos conocido en el camino, sin dejar de lado nuestras impresiones y vivencias !

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